Ensayo

La pérdida inadvertida

Lo que perdemos no es aquello que somos, sino el contacto con nuestra propia naturaleza y la posibilidad de vivir desde ahí.

Estefania Carro Bianchi3 min de lectura

Mientras aprendemos a vivir, ocurre algo que pocas veces percibimos. Llegamos a un mundo que ya existe antes que nosotros, con sus nombres, sus valores, sus límites y sus expectativas. Un mundo que poco a poco nos enseña qué está bien y qué está mal, qué se espera de nosotros, cómo relacionarnos con los demás y qué lugar podemos ocupar.

Con el tiempo, esa forma de relacionarnos con la realidad deja de sentirse aprendida. Se vuelve nuestra manera habitual de estar. Ya no experimentamos primero y comprendemos después, la percepción llega incorporada a la experiencia. Lo asimilado se vuelve tan próximo que empieza a confundirse con lo propio.

Al hacerlo no solo aprendemos cosas, también vamos formando una manera de mirarnos. Asimilamos qué significa ser aceptados, qué merece reconocimiento, qué debe ocultarse, qué podemos expresar y qué conviene controlar. Sin darnos cuenta, aquello que inicialmente recibimos como una forma de orientarnos comienza a participar en la construcción de quienes creemos ser.

Cuando esto ocurre, dejamos de encontrarnos directamente con lo que sucede y comenzamos a interactuar con lo que creemos que está sucediendo. La idea que tenemos de algo se vuelve anterior a nuestra mirada; la explicación, anterior a la escucha. Ya no necesitamos detenernos frente a lo que aparece porque creemos reconocerlo antes de haberlo mirado realmente.

Entonces no solo aprendemos a interpretar lo que sentimos y lo que vemos. Sino también qué merece ser sentido y qué merece ser visto. Qué nos gusta, qué debemos temer, qué deseamos, qué rechazamos, qué mostramos y qué escondemos. Que esta bien y que no. Incluso aquello que llamamos experiencia personal puede estar atravesado por una educación silenciosa de la percepción. De forma casi imperceptiblemente gradual dejamos de vivir desde la experiencia y comenzamos a hacerlo desde las formas que hemos incorporado como propias.

La pérdida, entonces, no consiste necesariamente en dejar de sentir o de ver, sino en alejarnos de una relación directa con nuestra propia naturaleza mientras seguimos creyendo que estamos en contacto con nosotros mismos. Nos acostumbramos a mirarnos desde afuera y a relacionarnos con lo que somos a través de ideas, interpretaciones y formas aprendidas, alejándonos de la experiencia viva.

Y ahí reside lo inadvertido. No perdemos lo que somos, sino la conexión con ello. Lo natural en nosotros sigue existiendo pero hemos aprendido a mirar de tal manera que ya no podemos acceder directamente. Ese filtro se vuelve íntimo y, por eso, dejamos de reconocer aquello que permanece.

Incluso perdemos la referencia interna que nos permitiría distinguir lo natural de aquello que aprendimos a ser. Y ahí está otra vez lo inadvertido, porque no sabíamos que ese vínculo existía, nos fuimos alejando sin darnos cuenta y tampoco sabemos que podemos regresar a él. Aquello que perdimos no está fuera de nosotros y el camino de regreso también nos pertenece.

Volver a lo natural es posible. Implica reconocer la vida que somos y establecer con ella un vínculo consciente. Para hacerlo, necesitamos reconocer y soltar lo que se interpone, atravesando los desafíos que aparecen al desandar lo adquirido. Contar con alguien que ya lo haya transitado y pueda acompañarnos es fundamental en este proceso, porque se trata de salir de una trampa que nos atrapa continuamente sin darnos cuenta. Y es en ese camino donde lo natural vuelve a encontrar en nosotros espacio para expresarse.

La pérdida inadvertida
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Sobre Estefania Carro Bianchi

Soy Estefanía, Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Esta reflexión está enriquecida por lo investigado en la Escuela de Naturalización, donde observamos la naturaleza para aprender también de nosotros mismos.

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