ENSAYO

La distancia inculcada

Fuimos educados para vivir separados de la vida, hasta olvidar que somos esa misma vida en la que el universo se sostiene.

@estefi4 min de lectura

Al mismo tiempo que fuimos perdiendo el contacto con lo que somos, fuimos incorporando una sensación de separación de lo que nos rodea. Fue algo que absorbimos poco a poco mientras crecíamos. El cuerpo quedó de un lado y la naturaleza del otro; las estaciones y los ciclos pasaron a ser cosas que ocurren afuera. La vida continúa expresándose, pero dejamos de reconocernos dentro de ella.

Cuando somos bebés todavía no sabemos nombrar lo que nos pasa. Sentimos hambre, frío, sueño, dolor, incomodidad, y necesitamos de otros para reconocerlo y responder. Alguien nos calma, nos alimenta, nos abriga, nos dice que tenemos sueño, que estamos enojados o que lloramos porque necesitamos algo. Así vamos creciendo siendo interpretados y aprendiendo a reconocer nuestra propia experiencia a través de la mirada de quienes nos rodean. Lo que al principio es necesario para aprender a vivir, puede ir construyendo nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos. Aprendemos qué deberíamos sentir, qué significa lo que nos pasa y qué hacer con ello, hasta que las referencias externas comienzan a tener más autoridad que lo que nuestro propio cuerpo está diciendo.

En ese mismo proceso, también fuimos construyendo una mirada que nos hizo ver la naturaleza como algo separado de nosotros. Una tormenta puede ser solamente una tormenta, la noche ausencia de luz y el invierno apenas un período del año. Pero cuando volvemos a reconocernos en la vida que somos, podemos descubrir que también nosotros atravesamos ciclos, fuerzas y etapas. Momentos de expansión y de repliegue, de movimiento y de quietud, de crecimiento y de descanso. No porque cada fenómeno tenga que esconder un mensaje, sino porque esa misma vida también se expresa en nosotros.

La escucha comienza antes de preguntarnos qué significa lo que sentimos. Sin embargo, hemos aprendido a intervenir antes de escuchar, a sacar conclusiones, a exigir movimiento cuando aparece el reposo y a buscar respuestas cuando algo todavía está abierto. Queremos cambiar, corregir, controlar o quitar aquello que aparece, como si todo tuviera que conducirnos hacia una condición determinada.

El cansancio puede ser simplemente cansancio. La tristeza puede necesitar ser sentida antes que resuelta. Escuchar de verdad puede mostrarnos que aquello que llamábamos debilidad era cansancio, que aquello que llamábamos falta de motivación era una necesidad de detenernos o que algunas de las respuestas con las que intentábamos sostenernos eran, en realidad, formas de no escuchar.

Escucharnos dista de encontrar explicación o de convertir cada descubrimiento en una nueva certeza. Se trata de dejar la experiencia tal como es, por un momento, sin transformarla inmediatamente en significado, resolución, propósito o respuesta. Sentir y percibir, antes de interpretar, recuperar la capacidad de estar con lo que está ocurriendo y dejar que la experiencia muestre su propio movimiento.

Deshacer la distancia inculcada no implica adquirir algo nuevo, ni tampoco eliminarla por completo, sino empezar a soltar lo que se interpuso entre nosotros y nuestra propia experiencia, para recuperar una distancia diferente, una que permita observar sin desconectarnos, tomar perspectiva sin alejarnos y escuchar sin sustituir lo que sentimos por lo que creemos que debería estar ocurriendo.

La vida no necesita que la empujemos para atravesar sus ciclos. Hay momentos de expansión y otros de recogimiento, momentos de brotar y otros de dejar caer. También nosotros somos ese ritmo. Cuando podemos escucharnos sin intervenir constantemente, recuperamos una intimidad que habíamos perdido. La naturaleza es vida, y es la misma vida que somos. Los ciclos, las fuerzas y las etapas que vemos afuera también ocurren en nosotros, porque no estamos frente a la naturaleza sino que somos ese mismo movimiento, aunque hayamos aprendido a vivir como si estuviéramos separados.

La vida sigue expresándose en nosotros, aun cuando hayamos dejado de reconocerla. El cuerpo, las emociones, la luna, el día, la noche, el estado de ánimo, el cansancio, la energía, las estaciones, las estrellas, lo que sucede alrededor, también sucede dentro. No hay un afuera y un adentro, sino que todo es parte de un mismo movimiento, de un mismo tejido vivo.

Fuimos educados para vivir separados de la vida, hasta olvidar que aquello que sostiene el universo es lo mismo que nos sostiene. Lo que aprendimos pudo haber sido necesario para adaptarnos y crecer, pero no tiene por qué seguir gobernándonos.

Deshacer la distancia inculcada es dejar de sostener una separación que nunca fue real. La vida no está lejos, es lo que somos.

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Soy Estefanía, Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Esta reflexión está enriquecida por lo investigado en la Escuela de Naturalización, donde observamos la naturaleza para aprender también de nosotros mismos.
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