
La distancia inculcada
Fuimos educados para vivir separados de la vida, hasta olvidar que somos esa misma vida en la que el universo se sostiene.
Sobre lo que permanece vivo debajo de lo aprendido y vuelve a expresarse cuando dejamos de interrumpirlo.

Quiero comenzar haciendo referencia a las notas entregadas anteriormente.
En La pérdida inadvertida comenzamos a mirar aquello que ocurre mientras aprendemos a vivir: llegamos a un mundo que ya tiene nombres, valores, límites y formas de interpretar la realidad, y poco a poco aprendemos a movernos dentro de él. En ese proceso, casi sin advertirlo, vamos dejando en segundo plano una forma más directa de percibir y de estar en contacto con la vida.
En La distancia inculcada profundizamos en ese proceso y reconocimos cómo esa adaptación puede ir creando una separación entre nosotros y la vida que se expresa de manera directa en nuestro cuerpo y en nuestra sensibilidad. Lo que alguna vez fue contacto directo comienza a estar mediado por aquello que aprendimos a pensar, a esperar y a creer que somos.
Primero se pierde una forma de conexión, luego se instala una separación. Pero si ese alejamiento fue aprendido… ¿qué permaneció detrás de todo lo que fuimos incorporando?.
El cuerpo continuó sintiendo, la sensibilidad siguió percibiendo y algo esencial permaneció presente, aunque cubierto, debajo de las formas que fuimos adoptando para adaptarnos al mundo. La vida continuó expresándose en nosotros, aun cuando dejamos de percibirla con claridad.
A medida que crecemos, incorporamos capas que tapan aquello que percibíamos de manera más directa. Aprendemos a interpretar lo que sentimos, a buscar explicaciones y a construir una idea de quiénes somos y de quiénes deberíamos ser según lo que aprendimos que está bien y se espera de nosotros. Es así como los recuerdos, emociones y expectativas van formando una trama en la que terminamos viviendo. Una idea lleva a otra, una interpretación despierta una emoción, la emoción provoca una reacción y, sin darnos cuenta, lo que sucede queda convertido en una historia acerca de aquello que estamos experimentando.
Así, la distancia no queda solamente entre nosotros y la vida; también se instala entre lo que ocurre y nuestra capacidad de percibirlo directamente.

Volver al contacto requiere hacer espacio, pero ese espacio no es algo que tengamos que crear. Está en nosotros y queda ocupado por pensamientos, emociones, historias y formas aprendidas de interpretar lo que vivimos. Cuando dejamos de alimentar ese ruido, aparece el silencio. Un silencio que es hogar, que somos y desde el cual la vida se expresa.
Allí ya no necesitamos definir nuestra identidad ni encontrar una respuesta para cada experiencia. La identidad es una construcción que aprendimos; la vida simplemente es. Nuestra mirada interpreta, nombra y construye historias acerca de lo que vivimos. La conciencia percibe sin necesidad de entender, respondiendo a una inteligencia que no depende de las formas perceptivas de la identidad aprendida.
Desde ese espacio aflora la presencia que estaba antes de todas nuestras construcciones. Es la vida sucediendo en el presente, con una fuerza que no necesita ser producida por nosotros. Respiramos, sentimos, escuchamos y percibimos, y por un momento comprendemos que no hay nada que agregar para que la vida sea lo que es. Hay una inteligencia propia en ese movimiento, una inteligencia que se hace perceptible cuando dejamos de interrumpirlo.

Esta experiencia resulta difícil de traducir en palabras. Podemos percibirla, reconocerla, sentirla, aunque las explicaciones sean insuficientes para dar cuenta de ella. Quizás por eso necesitamos imágenes que nos permitan acercarnos sin reducirla a una definición. La sensibilidad nos permite permanecer cerca de esa experiencia, percibirla antes de nombrarla y reconocer lo que está allí sin apresurarnos a convertirlo en una explicación.
Desde ese lenguaje sensible, la imagen del fuego permite acercarnos: su fuerza, su movimiento, su capacidad de expandirse cuando encuentra espacio. Y también el aire fresco, esa ligereza que aparece cuando algo deja de estar contenido.
Hay una vitalidad que no necesita ser creada, sino que le despejemos el espacio para manifestarse. Basta con correr lo que se interpone entre ella y nuestra percepción para que vuelva a hacerse presente, con su propia fuerza y movimiento. Naturalizar es retirar aquello que interfiere para volver a entrar en contacto con ese origen que ya está allí. Es dejar de interrumpir lo que naturalmente busca expresarse y permitir que esa fuerza vuelva a ocupar su lugar.

Los comentarios son de la tribu.
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Fuimos educados para vivir separados de la vida, hasta olvidar que somos esa misma vida en la que el universo se sostiene.

Lo que perdemos no es aquello que somos, sino el contacto con nuestra propia naturaleza y la posibilidad de vivir desde ahí.